José Vasconcelos
La creación de La Secretaría de educación Pública
Alonso Lujambio "Secretario de Educación Pública"
Nueve décadas han pasado desde que un hombre singular, con una vena pasional que irradiaba compromiso, puso a trabajar, sin descanso, a un equipo de hombres y mujeres con cualidades excepcionales, en una iniciativa de largo alcance que fomentó, como pocas, la consolidación del proyecto nacional de México: la Secretaría de Educación Pública. Hoy, sus frutos todavía se cosechan. Su nombre era José Vasconcelos Calderón, y fue él quien sembró la simiente. Y desde entonces, sin interrupción, el frondoso árbol que comenzó a crecer bajo su égida nos ha ofrecido, en cada una de las generaciones cobijadas a su sombra, un hálito de esperanza que se manifiesta en el progreso de la patria. Él mismo escribió: “Puede ser mala una regla, pero es peor no tener ninguna”. Con una noción ordenada de su labor, no se arredró ante las contrariedades. Concibió un sistema que se fundamentó en acciones concretas y que puso en marcha sin dilación. Del conocimiento elemental del mundo físico, se peregrinaba a la percepción moral del conocimiento para alcanzar, posteriormente, una elevación espiritual que conducía a la apreciación de lo bello. Física, Ética y Estética —así con mayúsculas y en este orden— fueron los elementos primordiales de su ruta.
Con la puesta en práctica de sus ideas, colocó su nombre al lado de notables mexicanos que dedicaron sus bríos a la educación nacional: Gabino Barreda, Joaquín Baranda, Justo Sierra, entre otros. Junto a ellos, el intelectual oaxaqueño se elevó también como Maestro de la Patria, y después como Maestro de América. No permaneció en el anonimato que, lamentablemente, arropa a la mayor parte de los educadores quienes, desde su trinchera, libran la ofensiva diaria por erradicar el atraso y la ineptitud. No obstante esta circunstancia, el espíritu vasconcelista es motivo de inspiración para no cejar en su ilustre labor y aposentarla en el lugar que se merece. Por ello celebramos este acontecimiento con un acercamiento al repaso autobiográfico de nuestro Ulises criollo, donde se reviven los avatares de esos días. Historia personal, sí, pero asimismo reflexión inmediata del actor central. Episodios circunscritos a una postura individual, también, pero con la fuerza evocativa suficiente para trasladarnos al pasado. En términos llanos, la potencia de la palabra vertida con tinta sobre el papel por un hombre a quien siempre le atrajo el desafío. Así pues, recordar el establecimiento de esta noble institución y a su fundador se convierte en una doble celebración, que eleva el espíritu de la memoria a niveles insospechados. Y qué mejor que entregar al amable lector los sucesos narrados por quien comenzó la cruzada. Remembranzas que se tornan en disfrute y conocimiento, en placer por conocer una historia compartida que todavía nos arropa. Así, me congratulo que desde el mismo despacho en que Vasconcelos ejecutó su itinerario por la defensa de la educación pública, continuemos caminando juntos, con sus afanes como modelo, poniendo en marcha la satisfactoria misión que nos corresponde en la tarea de construir un promisorio futuro para las generaciones que vendrán.
Las Memorias de un Secretario
Carlos Betancourt Cid
¡Mi porvenir se ocultaba, pero asomó una que otra vez la punta!
Un día, mirando a don Patricio [Trueba] de paso por el
corredor del Instituto para entrar a la Rectoría, me vi,
yo también, de Rector, atravesando las galerías con arcadas
de un colegio más grande que el campechano…
José Vasconcelos, Ulises criollo
El año de 1914 palidecía. Una vez erradicado el régimen ilegal de Victoriano Huerta, el movimiento revolucionario mexicano se encontraba en una crisis de difícil resolución. Entonces, José Vasconcelos, quien se había unido al antirreeleccionismo desde sus inicios, se aprestó a tomar una decisión. Vislumbró una ventana de oportunidad al colaborar sin premura en la gestión de Eulalio Gutiérrez, nombrado temporalmente Presidente por los acuerdos de la Soberana Convención. Un nuevo derrotero para la acción se le ponía enfrente al inquieto abogado e intelectual oaxaqueño.
Entusiasmado, dirigió su energía en provecho del recién estrenado gobierno. Por sus indiscutibles talentos y cualidades, se le concedió el nombramiento como Secretario de Instrucción Pública el mediodía del lunes 7 de diciembre, en una solemne ceremonia efectuada en Palacio Nacional. Sin muestras de duda, se pronunció en su primer discurso como funcionario por la federalización de la enseñanza, rumbo primordial de su propuesta. Empero la situación política estaba en ebullición y los planes para la reconstrucción nacional debían esperar más tiempo.
Las circunstancias en que se derrumbó la primera presidencia convencionista lo lanzaron al exilio. Pero no dejó de cavilar en torno a su proyecto educativo, esperanzado porque en algún momento lo podría ejecutar. No le sobraba la razón y aguardó con paciencia.
Alejado de México, escasa injerencia tuvo en los sucesos que se desarrollaron después de su partida. Con la tristeza a cuestas, desde Lima, Perú, explayaba su desconsuelo sobre la situación mexicana a un amigo que en esa época consideraba como íntimo: “Creo como tú que la situación seguirá estática mientras la manejen dos imbéciles malvados como Wilson y Carranza”.**1 Cuando este último desapareció físicamente, al caer abatido el 21 de mayo de 1920, ningún obstáculo impedía la vuelta al terruño.
Entre los revolucionarios se destacó como un intelectual que no se arredraba ante las dificultades. A pesar de que su participación en los frentes de guerra había sido nula, la lucidez que lo caracterizaba fue inmediatamente valorada por los triunfadores del movimiento que puso fin a la hegemonía carrancista. Convertirlo en el encargado de la educación nacional parecía un paso lógico. Y así sucedió.
Le tocó al presidente interino Adolfo de la Huerta nombrarlo Rector de la Universidad Nacional. Desde ahí promovió sin descanso lo que debe considerarse su mayor logro como servidor público: la fundación de la Secretaría de Educación Pública que surgió bajo su égida y que hoy, a 90 años de distancia, se honra en recordar a su principal propulsor, colocando en manos del amable lector un recuento de lo que el mismísimo Vasconcelos plasmó sobre esas épocas en su vasto quehacer autobiográfico, legado escrito que no pierde actualidad y que se revitaliza con estas páginas que se ponen a la disposición de todos los mexicanos para celebrar el establecimiento de una de las instituciones que mayores beneficios ha traído a nuestra nación, después del parto que significó la revolución que acaudilló Francisco I. Madero, hace ya más de diez décadas.
La presente compilación arranca con los recuerdos contenidos en la última parte de su obra La tormenta, una vez que el largo destierro había llegado a su fin. Continúa, en su parte medular y con mayor extensión, con una selección dedicada a los pormenores de su ejecución pública durante los mandatos de Adolfo de la Huerta y Álvaro Obregón, que vertió con su inigualable maestría en el tomo titulado El desastre.
Al constituir ambos ejemplos directos de su palabra, se cierra esta edición con la inclusión de dos textos pronunciados de viva voz por Vasconcelos en esos años: el primero durante la inauguración del edificio que todavía alberga a la SeP, ubicado en la actual calle de República de Argentina, en el centro de la capital mexicana; y el otro, una notable conferencia, don-de se sintetiza la proyección del arduo trabajo que emprendió durante su gestión y que fue leída ante una numerosa audiencia en Washington, D. C., al finalizar su periplo sudamericano en 1922.
Que las memorias de este destacado mexicano sean motivo para que la vigencia de la Institución que con tanto ahínco creó y defendió, se proyecte hacia un futuro pletórico de esperanza, pues, sin duda, es en la educación donde debe radicar el principal elemento de desarrollo de las sociedades, y la mexicana no puede permanecer ajena a ello. “Enseñarnos a vencer la realidad en todos los órdenes, es más importante que enseñarnos la sumisión a la realidad”, premisa en la que nuestro Ulises siempre confió y que con esta nueva aparición de sus recuerdos trasciende más allá de su presencia física para otorgarnos una lección de vida que no debemos echar en saco roto.
Presentación en prezi de José Vasconcelos
"La creación de La Secretaría de educación Pública"
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